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Cómo se construye un depredador sexual.

El agresor sexual se construye entre dos dimensiones: la expresión de violencia y la necesidad sexual. Si colocamos en un eje horizontal la sexualidad y en uno vertical la violencia, podemos fijar a cada agresor sexual en distintos puntos de ese plano en función de su mayor o menor necesidad de violencia y sexo.
En un extremo podemos colocar a la tipología “pervertido”, el típico agresor que está hipersexualizado, que generalmente relaciona la actividad sexual con su autoestima y valía personal, lo que le lleva en cierta forma a obsesionarse con el sexo. Si no lo consigue de forma consentida, busca la estrategia para obtenerlo por otros medios, desde la prostitución hasta la violación. Este tipo de agresores no suele necesitar mucha violencia, usa la necesaria para controlar a la víctima, llegando incluso a salir huyendo si la víctima forcejea mucho.


El perfil de “la manada” se corresponde con esta tipología, con distorsiones cognitivas respecto al sexo, las mujeres y la masculinidad, presentando además un comportamiento misógino y un lenguaje también muy sexualizado.
Por otro lado, tendríamos en el otro extremo al violador “sádico”, aquel que solo siente placer y excitación a través del dolor y la humillación de la víctima. Estamos hablando aquí de una parafilia, un trastorno psicológico en el que el sexo no es de interés y queda sustituido por la excitación que le provoca el llanto, los gritos y el dolor de su víctima. En esta tipología, evidentemente, la violencia está muy presente. No necesita penetración sexual, ni felaciones, lo que le interesa es herir, golpear y dañar a la mujer para conseguir una erección. Son sin duda, los más peligrosos en cuanto a la supervivencia de su víctima y a la gravedad de sus agresiones.

La escalada criminal peligrosa y la evolución de los agresores sexuales suele ir desde el extremo sexualizado al extremo violento siguiendo una curva ascendente en forma de “c”. En mitad de esta evolución nos encontramos al homicida sexual, aquel que está recorriendo este camino desde el interés por el sexo al interés por expresarse de forma violenta con la víctima. En esta tipología, la víctima es un objeto con el cual satisfacer sus necesidades sexuales, confirmar su necesidad de control y poder sobre las mujeres. Este rol de objeto hace que su víctima sea algo de usar y tirar, por tanto, siempre acaba asesinada una vez la ha usado. Además, ha aprendido de su experiencia que una víctima viva es un problema, con lo cual incorpora el asesinato en su modus operandi. Estos agresores suelen ser fulminantes en sus ataques, quieren ejercer control y dominio sobre sus víctimas, la suelen retener y “jugar” con ellas para que sepan quién manda. Detrás de esto hay un gran complejo de inferioridad, una incapacidad para relacionarse de forma natural con las mujeres, un miedo que se convierte en desprecio, frustración y odio. Todo esto estamos viendo en el caso de Laura Luelmo.

Como decía Edmund Kemper, homicida sexual de U.S, desde niño sabía que, si quería besar a una mujer o tener relaciones con ella, debería matarla primero.

Jorge Jiménez.

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